Hace un par de meses corrí la San Silvestre de Buitrago y quedé el último.
La verdad es que no estaba muy entrenado, y nada más empezar noté que las piernas estaban tan agarrotadas que parecía que no querían dar más de sí, así que dejé que mis amigos siguieran a su ritmo y ralenticé el mío. Desde entonces el resto de participantes empezaron a adelantarme, uno a uno, hasta que parecía no haber nadie más detrás de mí.
Según iba avanzando se instaló en mí el pensamiento de que las piernas no iban a aguantar; eran “pesos muertos” que no me iban a dejar acabar la carrera. Pensé en retirarme varias veces, pero seguí corriendo.
La verdad es que el recorrido es muy chulo y que disfruté mucho de los grises y marrones del paisaje, del olor a tierra mojada y de las molestias musculares, aunque, el “raca-raca” mental de que era el último de la carrera que me iba lastrando.
Pero una de las particularidades la San Silvestre de Buitrago me salvó: poco antes de acabar, atraviesas la pasarela del embalse de Riosequillo, un kilómetro de ida y otro de vuelta, así que puedes ver al resto de corredores que van delante de ti, y después a los que van detrás. Eso lo cambió todo.
Los que iban delante de mí me sacaban casi un kilómetro, así que, tan cerca de la meta, no había opciones de adelantarlos. Entonces vi a alguien que corría detrás de mí, a ritmo lento pero acelerando, a unos trescientos metros. Yo ya me había hecho a la idea de que iba a quedar el último, así que reduje el ritmo, lo esperé y le propuse acabarla juntos.
Eso fue el mejor de la carrera. Miguel Ángel y yo nos hicimos amigos; estuvimos charlando el último kilómetro (él había sido un gran corredor y aún con problemas de salud seguía corriendo); entramos juntos en la meta y, por supuesto, nos hicimos una foto en el podio.



